Tardes lentas
La tarde comienza lenta y perezosa, como si se negara a llegar. A veces pienso que el tiempo es imperativo: ordena el devenir sin contar con nosotros ni nuestra voluntad. Un minuto tras otro, una hora tras otra, un día tras otro y nuestro objetivo es navegarlo, surcarlo o sobrevivirlo, según el momento.
A veces solo es un suspiro que transcurre entre un parpadeo, uno que te pierdes si te deleitas en la oscuridad brillante que se esconde al cerrar los ojos cuando lo haces despacio, casi para saborearlo.
Otras veces es lento y remolón, perezoso como el de ahora, como si le doliera venir, como si no fuera el momento apropiado para formar parte de nuestras vidas. Pero el tiempo es, siempre es. Queramos o no, lento o rápido. Viviéndolo a sorbos o empapándonos como una lluvia repentina de verano.
Hay días en los que me gustaría poder detenerlo, anclarme en un segundo y que nada se moviera, que nada transitara por mi vida, que todo fuera calmado y lento, casi como si no sucediera. A veces me gustaría cerrarme entera para guarecerme en ese segundo infinito en el que la vida solo existiera en lo más profundo de mi ser. Creo que en esos momentos es cuando siento que el mundo marcha demasiado rápido, como si me resultara casi imposible formar parte de ella.
Me gustaría un vivir lento. Me gustaría un parpadeo infinito.


